Se cuenta que un hombre había vivido siempre en el desierto,
y la primera vez que pudo viajar
y llegó a un lugar en el que había un río
se volvió loco de felicidad
y quería atesorar el agua.
Pero cuando vio que el agua se le iba de las manos
se puso muy triste, más de lo que estaba antes.
Entonces un maestro le hizo ver que no había de qué preocuparse,
porque el río no se iba de ahí,
y cuando él necesitara agua,
sólo tenía que acudir y abrir sus manos, no cerrarlas,
para que el agua se quedara entre ellas...
y llegó a un lugar en el que había un río
se volvió loco de felicidad
y quería atesorar el agua.
Pero cuando vio que el agua se le iba de las manos
se puso muy triste, más de lo que estaba antes.
Entonces un maestro le hizo ver que no había de qué preocuparse,
porque el río no se iba de ahí,
y cuando él necesitara agua,
sólo tenía que acudir y abrir sus manos, no cerrarlas,
para que el agua se quedara entre ellas...
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